jueves, 28 de octubre de 2010

DESCUIDOS (Monólogo de un desmemoriado)

A veces no puedo saber ni donde estoy parado. Igualmente tengo conciencia de algo: nadie sabe adónde va hoy en día. Rara vez me preocupo, por ejemplo, en qué sitio de mi casa dejo las cosas. Pero debo reconocer que a lo largo de mi vida he olvidado cosas sumamente importantes. No las triviales, como cumpleaños, aniversarios y demás fechas que me resultan ceremoniosas y aburridas. Me han valido insultos, peleas, reproches y cambios de cerradura mis ocasionales descuidos. Creo que se han vuelto una constante, un mal crónico para mis familiares y para mi. He intentado con pastillas de esas que venden en la televisión, té digestivo y laxantes, sin contar los numerosos parches "Memorex" que tanto pregonan en el tren. Esos pedazos de cinta de embalar con carteles de advertencia, pegados en todo el cuerpo y en las paredes a modo de recordatorio. Avisos del tipo: "No dejes las llaves puestas en el auto", "Dale de comer al gato", "Si vas de compras llevá dinero en tu bolsillo", "Ponete la ropa interior antes de vestirte", "Enchufá la licuadora antes de prenderla", o "Dejaste la pava en el fuego" y cosas por el estilo.
 Una vez, de chiquito, me olvidé la jaula del canario a la intemperie durante los tres meses tórridos del verano y cuando me acordé y fui a verlo (ya rondando el invierno siguiente), era una piedra desplumada. Pero son cosas que pueden pasarle a cualquiera. Lo cierto es que de grande, el problema se fue agravando aún más. Los olvidos que pueden considerarse inocentes en la tierna infancia ahora eran causa de dolores de cabeza y reprimendas de jefes, novias, parientes, amigos y mascotas. He intentado cinco veces casarme, pero sin lograrlo. Dejé a todas mis novias plantadas en el altar por olvidarme la fecha del civil, o de la iglesia, o ambas.
 Reconozco que los parches han dado resultado a veces en el caso de los noviazgos. Lo que sucede es que los escribo incompletos olvidando detalles de suma importancia, como ser: "Hoy cita a las nueve", sin colocar el nombre de la persona con la que debo citarme, ni el lugar. Como resultado: sonoros cachetazos, propinados en la puerta de mi casa por totales desconocidas para mi.
 Una vez, llevaba a mi madre en el auto de visita a la casa de una de sus amigas y recuerdo que ella me dijo: "Andá a dar algunas vueltas por el barrio que yo enseguidita salgo". Fui hasta una librería cercana y me quedé leyendo El Quijote completo hasta que la librería cerró y olvidé retirar a mi madre. Lo recordé al otro día en mi casa. Todavía debe seguir allí o estará ofendida porque ya pasaron dos años de aquel asunto y no he vuelto a verla y no me llama.
 Debo ser demasiado distraído por lo cual mi casa siempre es un desorden. Ropas por aquí y allá, libros en el suelo y los desprolijos "Memorex" pegados por todas las paredes.
 Ustedes dirán: ¿Y por qué no se organiza con una agenda este hombre?...La tengo sí, pero no sé en que parte de la casa se encuentra.
 Solo tengo el teléfono celular que contiene agendado números de familiares y amigos, pero varias veces se me ha caído al inodoro por olvidarme que está en el bolsillo trasero del pantalón.
 He llegado a pensar que mis olvidos son consecuencia de un trauma que tengo desde hace mucho tiempo. Permanezco cinco noches a la semana en estado de vigilia tratando de recordar mi nacimiento. Pero no hay caso. Esa etapa fundamental, ese lazo con la vida, ese primer llanto desesperado,también se me ha olvidado. Consulté a especialistas pero todos me han dicho que es imposible recordar el nacimiento de uno. Sin embargo lo sueño en las pocas noches que puedo conciliar el sueño: el médico barbudo con pantalones oxford y texanas, las enfermeras cortando el cordón con unas tijeras raras, la voz dulce de mi madre cantándome, la luz del sol filtrándose por la ventana y el cartel azul en la puerta con lo que supongo debe ser mi nombre. Luego despierto, pero no puedo recordar el sueño sino hasta cuatro días después.
 Verán ustedes que esto es muy raro. Y así ando por la vida, olvidando pagar el transporte público, los impuestos, dejando las llaves puestas, yendo al baño sin apretar el botón luego, cosas así.
 Por otro lado, estoy seguro que amo a una mujer. Sólo puedo recordar su rostro, sus manos y su voz. Pero es inútil, no recuerdo donde vive como para ir a buscarla y lamentablemente esta ciudad es muy grande y mis descuidos también lo son. Permiso, acabo de recordar que no me puse los pantalones y tengo los calzoncillos rotos. A ver si todavía se me olvida que tengo verguenza.

                                                                                                                         ADHARA
                                                                                                                       Anahí Greco


27/10/10

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