No era necesario tal vez, cuando el reloj diera la hora exacta apagar el incesante despertador que iba a caer después del manotazo mudo, hacia las fauces del parquét. Era necesario, sí, el reflejo de ese sol ardiente en la cara para despertar del todo y consumir las últimas sombras de la noche anterior que parecían ahora un poco más lejanas y sencillas con el primer fulgor del astro. Recordaba que había caminado perturbado y algo alcoholizado por San Martín y había doblado en Balcarce hasta perderse en los rescoldos de una pizzería que ya cerraba a esa hora.De lo demás no recordaba nada, sólo una música que se perdía a lo lejos y la esquirla de una melancolía con olor a pasado que le adivinaba el presente como si fuera a repetirse. Tenía un mal gusto en la boca, algo ácido y metálico como de una medicación que aún no terminaba de disolverse bajo la lengua.
Se revolvió un poco en la cama como queriendo despedirse así de los excesos y la modorra. Su novia llegaría en cualquier momento. Sintió una puntada en el pie derecho y levantó la sábana para ver qué sucedía por allí. El meñique hinchado hasta la exageración exhibía un dudoso pero sincero colorado de ladrillo.(¡Puta!, otra vez la pata de la cama).
Se levantó un tanto enceguecido por el sol que apaleaba y ya picaba en la cara y en los hombros. Corrió la cortina y observó como todas las mañanas a la vecina de enfrente que regaba las plantas del balcón en camisón y ojotas.La vieja era tan rutinaria que parecía milico. Entró al gato y le acarició el lomo sistemáticamente pero distraído. Su estómago comenzó a hacer ruidos de león y la cabeza era un tambor de batalla que amenazaba romperse en cualquier instante y desperdigar sesos por toda la vivienda.
Intentó ponerse los zapatos. El izquierdo entró perfecto pero el derecho debido a la inflamación del meñique que aumentaba, no calzó. Hizo fuerza en vano y el dedo se tiñó de un tinte violáceo. Hielo. Eso iba a bajar la inflamación. Rengueó hasta la cocina y encontró dos medios limones y una cubetera destartalada en el freezer sombrío.
Luego de dos minutos la inflamación se había reducido tanto como tres milimetros y el dedo había pasado de morado a azul. Se sintió mareado y desolado. El mal gusto aún permanecía en su boca como un resto inocuo de la noche anterior que ya ni recordaba. Un sabor amargo le subió de golpe a la garganta y supo en ese instante que iba a vomitar lo que quedaba de la velada incierta. Descubrió en ese vómito sorpresivo, restos de algo violáceo. Un violeta oscuro y con residuos de sangre aglutinada. No supo que sería aquello. Al menos no de momento. Pálido, observaba su dedo hinchándose cada vez más y aquella viscosidad que era ahora el vómito en contacto con el aire y el polvo del suelo.
Algo se inquietó en su mente y revolvió su memoria. La noche anterior había salido del trabajo y había ido a un antro de mala muerte a acompañar a su amigo Lucho. Recordaba con poca claridad las puertas del antro, un cartel con una cruz roja y una estrella invertida que alguien había pintado en un costado. Poca iluminación, sin ventanas y una mujer adentro que invitaba a pasar, una mujer con un vestido azul brillante y un rodete. Cuarentona, cara arruinada y vencida, pintarrajeada de mala gana, con arrugas casi imperceptibles.
Su memoria como cuentagotas, aportaba datos que lo llevaban a encrucijadas conjeturales. No sabía porqué Lucho lo había llevado allí ni para qué. Pensó en llamarlo pero desistió de la idea ya que supuso que a esa hora estaría en lo del Persa con lo del cultivo.
Buscó en el botiquín del baño alguna pomada o un analgésico para el dolor punzante y agudo del dedo que ya era muy insoportable. Para acrecentar los interrogantes, el miembro tenía ya casi el tamaño de una pelota de golf y era de un violeta intenso...oscuro.
Comenzó a comerse las uñas como era su costumbre cuando estaba nervioso y al morderse la uña del meñique derecho sintió otra vez el sabor metálico y amargo en la boca. Se miró aterrorizado debajo de la uña y descubrió polvo violeta también allí y sólo en esa uña. Blanco y sudado por el terror corrió como pudo hasta el teléfono y llamó a su médico, el Dr Ibáñez...
Diptibirina, le había dicho el viejo galeno. Te dieron a tomar Diptibirina. Es una sustancia que provoca alucinaciones visuales y olfativas. Es similar al Éxtasis, pero con otras consecuencias diferentes pero igual de nefastas. Entra en sangre dos horas después de la toma pero el efecto es retardado y produce amnesia temporal, por eso no te acordás de casi nada. Sólo se consigue en Paraguay y Brasil pero es traída al país clandestinamente por mujeres que vienen a trabajar de mucamas en algunos domicilios. Es de tinte violeta porque posee residuos vegetales de una planta común en esa zona: el enebro morado. Es justamente esa planta, que posee propiedades curativas, la que mezclada con otras sustancias sumamente tóxicas que conforman la Diptibirina, provoca hinchazón de miembros, especialmente en los pies, convulsiones y hasta la muerte si el miembro no es amputado a tiempo. Se utilizaba antiguamente esta droga para curar gangrenas y cerrar heridas pero hoy en día en muchos casos es un estimulante y vigorizante para algunos jóvenes. Tendrás que amputarte el dedo cuanto antes pero si vas a un hospital te meterán preso luego de inyectarte novoamoporfina. Tendrás que hacerlo vos solo.
Soltó el telefóno con un grito. La pierna entera estaba violeta y lentamente estaba comenzando a teñirse del mismo tono la otra. El dedo meñique ahora sangraba. Se deshacía en sangre. Un río de sangre le corría ahora por la nariz también.
Lo último que vio fue al gato comiéndose una rata con sadismo. La rata se esforzaba por salvar su vida, pero le sangraban ya los ojos. Y con el último aire echó un quejido al cielo, mientras el timbre de la puerta sonaba y sonaba insistente...
Anahí Greco (Adhara)
1/03/11